¿ENSEÑAR A LEER Y ESCRIBIR O DESCUBRIR QUE PODEMOS LEER Y ESCRIBIR?

“Tenemos que enseñar a los niños a leer y escribir”. La frase parece incuestionable. Forma parte de las responsabilidades fundamentales de la escuela y expresa una de sus tareas más importantes. Sin embargo, quizá valga la pena formularla de otra manera

IDEAS

8/18/20262 min read

“Tenemos que enseñar a los niños a leer y escribir”.

La frase parece incuestionable. Forma parte de las responsabilidades fundamentales de la escuela y expresa una de sus tareas más importantes. Sin embargo, quizá valga la pena formularla de otra manera:

“Tenemos que conseguir que todos los niños descubran que pueden leer y escribir”.

Parece un simple cambio de palabras, pero detrás de ambas expresiones hay dos maneras distintas de comprender la alfabetización.

La primera pone el acento en la acción del adulto: hay que enseñarles. La segunda coloca la mirada en la experiencia del niño: puedo hacerlo. Y esa diferencia importa, porque aprender a leer y escribir no debería reducirse a memorizar letras, repetir sonidos, copiar palabras o completar planas. Tampoco tendría que convertirse en una carrera contra el tiempo, en la que el niño aprende porque “ya le toca”, porque hay que cumplir un programa o porque necesita alcanzar a sus compañeros.

Leer y escribir deberían convertirse, ante todo, en experiencias de descubrimiento y de poder.

Leer es descubrir que aquello que está escrito puede decirnos algo, es descubrir que una palabra puede nombrar, que una frase puede preguntar, que un cuento puede llevarnos a otros mundos y que un texto puede ayudarnos a comprender algo que antes no comprendíamos.

Escribir es descubrir que nosotros también podemos decir algo que permanezca en una hoja, algo que otra persona pueda leer, comprender y responder.

Cuando un niño consigue leer un letrero, reconocer el nombre de un compañero, comprender una instrucción, seguir una receta, anticipar lo que ocurrirá en un cuento o encontrar por sí mismo una palabra que estaba buscando, no solamente está adquiriendo una habilidad escolar, está experimentando autonomía.

Algo semejante ocurre cuando escribe su nombre, inventa una historia, deja un mensaje para alguien, escribe una pregunta o consigue que otra persona comprenda lo que quiso decir. En esos momentos sucede algo profundamente educativo: el niño comienza a reconocerse como alguien capaz.

Por eso, quizá nuestra pregunta como docentes no debería ser únicamente:

“¿Cómo voy a enseñarles a leer y escribir?” Podríamos agregar una pregunta todavía más poderosa:

“¿Qué experiencias puedo ofrecerles para que descubran que son capaces de hacerlo?”

Esta segunda pregunta transforma nuestra manera de mirar el aula, nos invita a poner textos reales al alcance de los niños, a leerles desde el primer día, a conversar sobre lo leído, a permitirles escribir aunque todavía no dominen convencionalmente la escritura, a reconocer sus aproximaciones y, sobre todo, a evitar que el error se convierta en una señal de incapacidad.

Un niño que todavía no lee convencionalmente no es un niño que no puede leer. Es un niño que está construyendo, probando y reorganizando sus ideas acerca del lenguaje escrito.

Nuestra tarea consiste en acompañar ese proceso sin sustituirlo, porque alfabetizar no es solamente enseñar un código. Es abrir una puerta hacia la autonomía, la imaginación, el conocimiento y la participación.

Y quizá por eso la meta más profunda de la escuela no sea únicamente conseguir que todos los niños aprendan a leer y escribi, tal vez sea conseguir algo todavía más importante: que todos los niños descubran que pueden hacerlo.

Cuando un niño descubre que puede leer y escribir, empieza a mirar de otra manera no solamente las palabras, sino también sus propias posibilidades. Y cuando un niño comienza a reconocerse como alguien capaz, la escuela deja de ser solamente el lugar donde aprende algo que otros decidieron que debía aprender. Se convierte en el lugar donde descubre, quizá por primera vez, todo lo que es capaz de hacer. Ahí comienza, verdaderamente, la experiencia de aprender.