LA VOZ DE MAZAPÁN Y EL ALA DICHARACHERA

Tras perder a sus padres, Miguel encuentra en su abuela Juanita y en su inseparable perico Pipiripau una nueva familia que le devuelve la risa y las ganas de vivir. Un cuento sobre el duelo, el amor y las huellas que quienes amamos dejan para siempre en nuestro corazón.

CUENTOS

José Reyes Olvera

8/29/20262 min read

Cuando mis papás se fueron al cielo en aquel accidente que nadie entendió, yo me quedé como un carrito sin ruedas.

Roto, solo, callado… pero con el corazón abierto sin saberlo, esperando una nueva dirección.

Entonces llegó ella, mi abuela Juanita. Con su voz de mazapán y caramelo, me dijo:

—¡Vámonos, Miguelito! Te me vienes pa’ la casa, aquí no faltarán risas ni tortillas calientitas.

En su casa vivía un personaje que no tenía las patas derechas, pero sí un pico más filoso que cuchara de fonda: su fiel compañero, su perico Pipiripau.

—¡Ay, niño cara de bolillo triste! —me gritó el primer día que me vio—. ¡Ya llegó el nieto de la reina del rebozo!

Parecía solo un payaso con plumas, pero tenía en su pico más sabiduría de la que yo imaginaba.

Y así empezó nuestra nueva vida.

La abuela Juanita cocinaba con música, barría cantando y le gritaba al mundo lo que pensaba sin pedir permiso.

Pipiripau la acompañaba, cantaba cumbias, contaba chismes y soltaba refranes como bombas de confeti:

—¡Más vale un “te quiero” a tiempo que un “lo siento” después!

—¡La vida no es justa, pero la risa es gratis!

—¡El que no ría, que no coma... porque ni tragar se puede con el alma apachurrada!

Y yo... yo volvía a reír. Con ellos, la tristeza se me iba diluyendo como azúcar en el café.

Pero un día, la abuela dejó de bailar.

Y Pipiripau también.

Primero se le nublaron los ojos, luego las palabras. Después, el cuerpo se le volvió lento,

como si se le hubiera olvidado cómo se baila.

Pipiripau, sin que nadie le dijera nada, empezó a enfermarse también. Ya no chismeaba, ya no bailaba, solo se quedaba en su rincón, como si le hubieran apagado el sol, mirando con tristeza a la abuela.

La tarde en que ella no pudo levantarse, me llamó con su voz de caricia:

—Miguelito… ven.

Me acerqué, y junto a su cama estaba Pipiripau quieto, como si también supiera que el final se acercaba.

Y entonces pasó algo que todavía no entiendo.

Hablaron.

Sí, hablaron.

Y yo los escuché.

—Vieja revoltosa, ¿ya te vas? —dijo el perico, con una voz bajita que nunca le conocí.

—Ya, compadre. Me voy… pero dejo mi voz en ti.

—¿Y al niño, quién le cantará?

—Tú.

—¿Y quién le contará chistes?

—Tú.

—¿Y quién le va a decir sus verdades cuando crezca y se le olvide quién es?

Mi abuela sonrió, aunque ya le dolía hasta la mirada:

—Tú, Pipiripau. Porque tú no solo hablas, tú recuerdas. Y a Miguelito no hay que dejarlo olvidar, hazle recordar lo que su corazón ya sabe.

Entonces me miró. Y con un susurro que todavía guardo como joya, me dijo:

—La vida es dura, mijo, pero tú no dejes de amar, ni de reírte de lo tonto del mundo.

Llora cuando tengas que llorar, abraza fuerte y escucha a los que parecen locos…

A veces traen verdades envueltas en plumas.

Esa noche, la abuela se fue…

Y Pipiripau también.

Pero al otro día, cuando desperté, el silencio de la casa no era tan grande, porque algo cantaba bajito en mi pecho, una vocecita dicharachera que me decía:

—¡Arriba, cara de bolillo triste! ¡A vivir, que pa’ eso estamos!

Y así empezó mi nueva vida.

Con la voz de la abuela y las alas del perico…

en mi corazón.