LOS REFLEJOS PRESTADOS DE MOISÉS
Moisés pasa tanto tiempo comparándose con los demás que poco a poco deja de reconocerse a sí mismo. Un cuento sobre la envidia, la autoestima y el valor de descubrir aquello que nos hace únicos.
CUENTOS
José Reyes Olvera
8/29/20263 min read


Cada mañana, antes de ir a la escuela primaria, Moisés tenía una cita silenciosa con su espejo.
Pero no era para admirarse ni para saludarse con una sonrisa; era para compararse.
Se peinaba con cuidado, se acomodaba la camiseta y luego se quedaba ahí, mirando...pero sin encontrarse.
En la escuela, Moisés sentía un cosquilleo raro.
Como si una tormenta chiquita le revoloteara el pecho y se atorara en la garganta.
No sabía cómo llamarlo, pero cada vez que veía a sus compañeros, se hacía más fuerte.
A Martín lo miraba volar por el campo con su balón, anotar goles y celebrar con los brazos en alto.
—Ojalá yo fuera como él —decía Moisés, en voz muy bajita.
De Marco envidiaba ese cabello brillante, peinado como en los comerciales.
—¿Por qué el mío nunca se queda así?
A Miguel lo observaba con una mezcla de asombro y fastidio cuando entregaba sus exámenes con una sonrisa y un diez rojo en la esquina.
Y de Mario… ¡ah, Mario! Ese niño que sacaba su guitarra en las convivencias y hacía que todos cantaran como si fueran un solo corazón.
Moisés no decía nada, pero por dentro… deseaba ser como todos ellos.
Hasta que, una mañana, ocurrió algo extraño.
Después de bañarse, se paró frente al espejo como siempre. Pero esta vez no se vio a sí mismo.
Vio, en cambio, a un niño con un balón bajo el brazo y la sonrisa amplia de Martín.
Al día siguiente, su cabello era el de Marco, peinado con precisión y brillo.
Luego, se vio con lentes y un cuaderno lleno de dieces, como Miguel.
Y más tarde… con la guitarra al hombro y una voz que no era suya, cantando como Mario.
El reflejo se veía increíble, pero Moisés no se sentía bien. No se reconocía, y lo peor: tampoco se gustaba.
—¿Quién soy ahora? —susurró, sin obtener respuesta.
Una tarde, mientras se miraba en silencio, el espejo le habló.
—Hola, Moisés.
Él dio un salto.
—¿Quién… quién habló?
—No te asustes —dijo el espejo con voz muy suave—. Soy yo, tu reflejo. O lo que queda de ti.
Moisés lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué me veo diferente cada día?
—Porque tú lo has deseado. No con palabras, pero sí con el corazón. Has querido tanto ser como los demás… que empezaste a desaparecer de ti mismo.
Moisés tragó saliva, sentía que algo en su pecho se encogía y crecía al mismo tiempo.
Bajó la mirada, se quedó callado un momento, y luego murmuró:
—Pero no me gusta cómo me veo, me siento raro. Como si no fuera yo.
—¿Y por qué crees que eso te molesta?
Moisés pensó, y entonces lo entendió:
—Porque aunque parezco alguien genial, no me siento feliz.
Echo de menos ser yo, aunque a veces no me guste todo de mí.
El espejo sonrió con su voz transparente.
—Eso que sientes se llama envidia.
Y aunque muchos la esconden, no es tu enemiga, si aprendes a escucharla.
A veces, la envidia señala lo que admiramos en otros. Y eso puede ayudarte, si en lugar de querer ser ellos, aprendes a ser tú, con lo mejor que ya tienes.
—¿Entonces, no está mal querer ser mejor?
—¡Claro que no!
Pero intenta crecer desde quien eres, no desde quien no eres. Cada persona tiene talentos, y también cosas que puede mejorar. Tú también, Moisés, pero hay algo que nadie más puede tener: tu manera única de mirar el mundo.
Esa noche, Moisés se quedó pensando.
Recordó que le gustaba dibujar en los bordes de sus cuadernos, que tenía buena memoria para los cuentos, y que a Martha, su hermana menor, le encantaba cómo inventaba historias para dormir.
Recordó una noche especial, cuando ella tenía miedo por una pesadilla. Él se sentó a su lado, acarició su cabeza y le inventó un cuento sobre una luciérnaga valiente que alumbraba los sueños oscuros. Su hermana se quedó dormida con una sonrisa.
Tal vez no corría como Martín, ni cantaba como Mario, pero había algo en él que era solo suyo, y que también podía brillar.
Al día siguiente, no se peinó como Marco, se peinó como él. Se puso su camiseta favorita, la que tenía una pequeña mancha de pintura azul que a él le gustaba. Y al mirarse en el espejo, por primera vez en mucho tiempo… sonrió.
El espejo le devolvió su verdadero reflejo.
Y también, un pequeño guiño de complicidad, como diciendo: “Bienvenido de vuelta, Moisés”.
Desde entonces, cada mañana, después de bañarse y arreglar su ropa, Moisés se pone frente al espejo y se pregunta algo distinto:
“¿Qué hay en mí que vale la pena descubrir hoy?”.
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